Conspirador

Nunca he tenido la furia de un león.

Por aquello del fin del mundo: “Que se salven todos menos usted”

- Texto de Alejandro Páez Varela

- Voz y música: Ari Brickman
- Contrabajo: Juan Cristóbal Pérez Grobet


¡Cuántos protocolos! ¡Cuánto hay que ir, cuesta arriba! Si un hombre y una mujer se aman, ¡cuántos caminos de hormigas deben recorrer, cuántas sílabas desagregar!


Pienso esto mientras observo cómo pasa la gente en el aeropuerto.


Qué felices son, los aeropuertos. Aquí quisiera yo vivir. Una mujer que se lanza al hombre que espera y, sugiero, ama; una familia de tenis que levanta al aire al más pequeño porque no lo ha conocido. Este tipo por el que no meto las manos al fuego pero que besa a una chica que se pone de puntitas y le toca la espalda con las yemas de los dedos, de manera tan delicada que ya quisiéramos los cargadores de maletas y yo.


¡Que vivan los aeropuertos! Que todos se vayan y que todos lleguen para siempre. Los ojos negros, los incoloros, los ojos rasgados y los que tapió el destino como casa vieja merecen abrirse de largo y ancho en este y en todos los aeropuertos.
Suyos son los aeropuertos. Venga por ellos.


¡Cuántos métodos, cuántas letanías, cuán larga es la lista de los que ven el amor mientras apuntan!


Contenga usted la respiración, no se aguante las ganas de correr. Venga, tome estos pasillos, porque son iguales en Londres o en Ámsterdam, en Singapur o en Madrid. Venga porque son suyos. Recórralos aún si no espera a alguien, como yo. Ándese por ellos, y no piense mucho en lo que realmente quiere, si es que lo quiere, también como yo: que se desprendan las alas de su avión en cuanto despegue, y que se salven todos menos usted, en este orden: primero las sobrecargo, luego los de la clase turista, y al final los de primera y los capitanes porque esos no tienen nada qué perder en el azar de la vida: van enfrente porque tienen prisa. Más que usted, más que yo.


Venga usted a los aeropuertos, vuélvase este aeropuerto su corazón. Que lleguen todos a él, que se vayan los que quieran irse, incluso sin pase de abordar, sin rayos equis y sin aduanas.


Derrúmbense los protocolos y la cuesta arriba, que estamos en el aeropuerto, en la última terminal de la nada. Porque aquí empieza y termina todo, sin importar quién llega y quién se va.


Los aeropuertos son, observo ahora, el corazón más noble.


Que vivan los aeropuertos.

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